Lo primero es saber por dónde comenzar. Y la verdad no tengo idea.
No me he planteado responder esta pregunta antes. Cuesta enfocarme.

Esto no consiste en coger palabras al azar y a partir de ellas y por un tiempo limitado, esbozar un texto. No, con este ejercicio me siento obligado a organizar lo que pienso. Pero estoy divagando.

Se me ocurre que debería extender el tiempo, detener los acontecimientos del día. Así podría concentrarme. Pero es absurdo. De repente, quisiera ser inmortal como los brujos de las historias de magia y hechicería. Dominar conjuros antiguos y peligrosos, saber secretos que solo se revelan cuando se logra cierto nivel de poder y conocimiento.

Pero dejemos ese asunto a un lado. Conmigo va bien lo de ser un hombre excepcional. ¿Cómo quién?, quizá como Sherlock Holmes o como el androide Data de la serie Star Trek, ¿no sabes quienes son? No me interesa, tú solo escucha.

El Sr. Holmes y Data compartían la capacidad de analizar y resolver problemas complicados con poca información. Tan solo observando la escena de un crimen, el Sr. Holmes podía encontrar al asesino.

Por otro lado, haciendo uso de su complejo cerebro positrónico, Data determinaba que unos nano-robots habían adquirido conciencia y solo buscaban una forma de comunicarse con los humanos. Misterio resuelto. La nave Enterprise estaba a salvo otra vez.

¡Ah!, olvídalo.

Quiero ser como ese actor que siempre tiene algo interesante que decir. El hombre aquel es divertidísimo, cuenta historias simples pero que en sus palabras se convierten en aventuras entretenidas, es un tipo que siempre sabe qué decir, tiene las palabras precisas y oportunas.

Una chica le pregunta cómo fue su infancia y él (yo) responde que siempre ha tenido una mamá linda que le quiere mucho. El actor cuenta galanterías simpáticas que nunca cansan escuchar.

Disculpen, mi intensión no es divagar, pero ya ven que me ocurre. Mi lucha es ser constante. Pocas veces lo logro, y cuando lo hago es a medias. De hecho, en las últimas semanas me he propuesto ser una persona más comunicativa. Soy alguien de rutinas y rituales. Por eso mi interés de comunicar.

Ya sé, quizá lo mejor sea ser un soldado luchando en una guerra larga, terrible y oscura. Ser un jefe comandando un pelotón de hombres heroicos que, al amparo de la oscuridad, toman un puente o un pueblo o la playa Omaha, da igual. Lo importante es que los libros de historia registren mi nombre y que en tiempos de paz, los jóvenes quieran emular mis actos. Tal ves exagero, pero estuve leyendo un libro de guerra.

Me he planeado ser escritor. Hice un libro y ahora mismo está sobre la mesa de la sala. El gato ha mordido las puntas de las hojas, además de dejar huellas encima. Nota mental: enseñar al gato a no subirse sobre la mesa.

Pienso que lo mejor sea ser alguien simple, un padre de familia cuya esposa muere de una enfermedad destructiva y silenciosa. Como todo esposo enamorado, estaré a su lado en todo momento, cantándole canciones de cuando nos conocimos y nos hicimos novios. Sostendré su mano mientras muestra pequeña espera en la otra habitación, entonces, me acerco y le digo palabras agradables para tranquilizarla. Debería dejar de ver películas dramáticas en Netflix.

Siento que estoy luchando contra gigantes invisibles. Como por ejemplo el tiempo. Quizá no es invisible, pero está muy presente. El tiempo se siente ahora mismo que es de noche. Los motores de los automóviles ya no suenan tan fuerte. En la distancia se escuchan las sirenas de las ambulancias o los patrulleros. ¿Dónde está todo el ruido que hace unas horas me agobiaba?

Otro gigante invisible son las distracciones diarias de la vida postmoderna. Es decir, el internet. Es decir, nuestra vida ficticia. Siempre hay algo que hacer aunque no hagamos nada. Enfrento mi falta de fé en poder hacer cosas nuevas.

Bien, esto es demasiado. Debo pensar en términos concretos y así plasmar una respuesta concisa, así que aquí va: Soy un señor con cierta cantidad de años, mantengo algunos gustos generales y aspiraciones globales, además poseo intereses similares a algún grupo de señores con la misma cantidad de años que yo, y con los mismos gustos generales y aspiraciones globales. Es decir, estamos en nada.

En una ocasión una novia me preguntó ¿quién eres, ah?. Creo que estábamos discutiendo o hablando en voz alta; habíamos tomado vino. Era un aniversario cualquiera que “todo el mundo festeja”, navidad, año nuevo, Halloween, el estreno de una película, el cumpleaños de alguien, ¡qué importa!. Nunca respondí porque en aquel momento no era una pregunta seria, pero sus palabras se quedaron conmigo hasta ahora. Y cuando la pregunta regresa, recurro a explicaciones genéricas como suelen ser los horóscopos. Un hechicero inmortal, un soldado en una guerra, una persona especial.

Por qué no ser un taxista o un boxeador. Taxista no, odio los taxis. Boxeador se me hace una mejor alternativa. Estar en movimiento, combatir en el ring suena interesante. Lanzar golpes, esquivar golpes, caer, levantarse. Round 1, nadie tira la toalla, un asistente cura un corte sobre mi ceja. Round 2.

Rosa Montero decía algo así como que un escritor siempre está inventando historias. Estás en la cola del banco, entra una mujer y un niño a quienes nunca has visto, pero tu cabeza no puede contenerse y le inventas que pronto robarán el banco, que llevan un arma. Es un acto que nunca ocurre. Ellos se van luego de ser atendidos por la cajera. No son conscientes de la historia que han protagonizado. Eso anhelo, contar historias.

Pienso que en estos tiempos donde la velocidad es incesante y las distracciones permanentes, hallarse a uno mismo es un ejercicio que pronto quedará obsoleto. Interesa más ponernos frente a la cámara y cubrirnos con filtros de animalitos simpáticos, ojones, orejudos, tiernos.
Resisto a perderme. Esa es mi lucha. Sigo buscándome, sigo escondiéndome. Los gigantes invisibles son enormes.

El viento entra en mi casa ululando. Trae con sigo un sonido, una voz. Sigue escribiendo.

Eso dice.